miércoles, 2 de abril de 2014

EL MASAJISTA



Hace ya tiempo que salgo con el mismo grupo de amigas, no es por nada en particular, pero somos cinco lo cual para todas es el número perfecto. Solemos quedar casi todos los días a tomar café,  los fines de semana nos los tomamos muy tranquilas, ya no tenemos edad de liarla como cuando nos conocimos, empezamos con una cena en casa de alguna de nosotras y después continuamos con unas copas en algún sitio donde los moscones no puedan darnos la coña, aunque esto último es muy difícil últimamente.

Nos conocimos hace ya muchos años, todas estábamos en el mismo curso en la facultad y ahí es donde comenzaron nuestras primeras fiestas salvajes. Con esa edad que teníamos entonces, el alcohol era esencial y algunas drogas suaves también. Solíamos mezclar cubatas con porros, esa combinación hacia que dejáramos de ser unas mojigatas y pasáramos directamente a la acción.
Los chicos de la universidad eran unos niñatos para nosotras, por eso buscábamos ambientes más sofisticados con hombres más maduros, que pudieran enseñarnos cosas nuevas. Esto tenía un pequeño problema, casi todos estaban casados, aunque en esa época nunca nos importo.
Por aquel entonces vivíamos repartidas en dos pisos de alquiler, uno estaba muy alejado del centro así que los fines de semana utilizábamos el otro de picadero para nuestras conquistas. Después entre todas lo recogíamos y lo dejábamos tan limpio que nadie se podría imaginar que había pasado allí en las últimas horas.
Ligar con hombres mayores tenía un pequeño problema, que en ocasiones fue muy grande, los muy idiotas se encoñaban enseguida de mujeres a las que doblaban la edad y siempre querían mas, incluso los casados nos prometían amor eterno y que dejarían a sus mujeres por nosotras. Al saber donde vivíamos se paseaban por la puerta de nuestra casa haciéndose los encontradizos solo para que alguna de nosotras les dijera dónde estaba o como podía contactar con la chica que deseaba. Por culpa de alguno de estos teníamos que cambiar de piso por lo menos una vez en cada curso ya que se convertían en auténticos acosadores y eso nos llegaba a asustar.
 
Después de la universidad nuestras vidas cambiaron, cada una de nosotras empezó a trabajar en distintos sitios, incluso Paula monto su propio negocio, un bar de copas con el que la tía se hizo de oro. Poco a poco perdimos el contacto. Sandra y Esther se casaron y tuvieron sendos hijos cada una. Las únicas que seguíamos muy unidas éramos Verónica y yo, vivíamos a poca distancia y trabajábamos en el mismo edificio, en plantas y empresas diferentes.
Intentábamos comer juntas casi todos los días,  para hablar de nuestras cosas, recordar viejos tiempos y de vez en cuando quedábamos y nos íbamos de fiesta las dos.
Un buen día mientras comíamos juntas Vero me conto lo siguiente.
-Carla, ¿sabes lo que le ha pasado a nuestra vieja amiga Sandra?-, su tono bajito y las miradas a la gente que teníamos alrededor denotaban que no quería oídos indiscretos.
-Pues no mi niña, hace dos o tres años que no sé nada de ella-, la verdad es que no tenía ni idea.
-Te lo cuento esta noche, ven a cenar a casa-, tanto misterio en mi amiga era muy extraño.
-Está bien a las nueve nos vemos en tu casa-, ya había conseguido que mi curiosidad no pudiera con tanta intriga.
Media hora más tarde de la que habíamos quedado me presente en su casa, como de costumbre entre nosotras la anfitriona ponía la comida y la invitada el vino, esta vez llevaba un vino blanco denominación de origen Rueda que me recomendó el gilipollas de la tienda, siempre que iba a por algo se me quedaba mirando las tetas, cualquier día saltaría el mostrador y se abalanzaría contra mí, no le soportaba, pero se me había hecho tarde y es el único que está abierto a partir de las nueve de la noche.
El apartamento de Vero era una pasada, cuando estuvimos mirando pisos lo hicimos juntas, a las dos nos gusto este pero a mí se me iba mucho del presupuesto que tenia. Vero lo tenía más fácil, sus padres ya muy mayores habían repartido hacia ya unos años la herencia entre sus tres hijos, con la sabia idea de que para que iban a esperar a morirse cuando podían ver felices a sus niños y darles un pequeño empujón en vida. Vero se quedo con el apartamento de mis sueños, tres habitaciones, dos cuartos de baño, cocina independiente y lo más espectacular, una terraza de cuarenta metros cuadrados sin ningún vecino mirón enfrente, el lugar que toda mujer querría para poder tomar el sol y hacer una fiesta de vez en cuando.
Además mi amiga tenía muy buen gusto, yo no podría haberlo decorado tan bien y de una forma tan agradable, entrar en su casa me hacía sentir bien por tener la suerte de tenerla como amiga, era muy acogedora, cálida, silenciosa y tranquila, con unos vecinos de lo más educados y nada cotillas.
Durante la cena Vero no me quiso contar nada, quería esperar a que termináramos. La curiosidad me podía. Una hora después de llegar a su casa salimos con dos copas de vino a la terraza, apiladas en una esquina había seis tumbonas, cogimos una cada una y nos sentamos a contemplar la puesta de sol con suave música de fondo.
-¿No piensas contarme lo de Sandra o qué?- la dije algo mosqueada.
-No, no te lo voy a contar yo querida, va a ser ella misma, por eso tenemos que esperar unos minutos aun-, nada mas decir esto se metió en casa, salió con el portátil y lo encendió. –Ahora solo nos queda esperar a las demás-.
No sabía ni que preguntarla, no entendía nada. A las once y media empunto, se conecto a Skype, un programa de chat con el cual se pueden hacer video llamadas, un par de minutos después en la pantalla del ordenador se abrieron tres ventanas, en cada una de ellas estaban las mejores amigas que he tenido en mi vida.
Vero comenzó a hablar:
-Hola xoxos, ¿Cómo va esa vida?, cuánto tiempo sin vernos todas juntas- hablaba muy rápido y se la notaba muy feliz.
-Genial pequeñaja, con ganas de que llegara ya la hora de poder hablarnos- contesto Paula.
-No sabéis cuanto os echo de menos, ha sido un día larguísimo desde que me llego el mensaje de Vero- decía Esther emocionada.
-Vamos Carla di algo, no te quedes con la boca abierta-, me dijo vero a la vez que me daba un codazo para que reaccionara.
-Estoy muy feliz de veros chicas, no sabía nada de esto y estoy sorprendida e ilusionada a la vez-, era lo único que se me ocurría y no mentía.
-Ya sabréis todas que nos hemos reunido después de tres años porque Sandra tiene algo que decirnos y ella quería que fuera a todas a la vez-, dijo muy seria Vero,              -adelante cariño cuando quieras, no te interrumpiremos ninguna-.
-Hola amigas-, comenzó Sandra, -como todas sabéis hace unos años Carlos y yo estuvimos a punto de separarnos. En aquella ocasión el me dijo que no soportaba que me llevara tan bien con vosotras y que creía que no erais una buena influencia en mi vida. Ese día decidí apartarme de vosotras y cortar toda comunicación para intentar salvar mi matrimonio-, su voz se entrecortaba por la emoción y las lágrimas comenzaron a asomar en los parpados de las cinco.
-Vamos cariño, tranquilízate y termina por favor-, la pedía Esther con el llanto a punto de salir de su boca.
-Está bien, lo intentare-, prosiguió Sandra, -Pues fue todo una farsa, al apartarme de vosotras lo que el muy cabron quería era que me quedara en casa, que cuidara yo sola de nuestro hijo y así poder hacer el su vida con la zorra a la que se estaba tirando en el trabajo-, Sandra rompió a llorar y las demás la acompañamos mientras poníamos al cerdo de su marido a caer de un burro.
Cuando conseguimos recomponernos todas, termino de contarnos que se había largado con la del trabajo hacia ya un par de meses, que no había dado señales de vida, lo único que había sabido de él eran los papeles del divorcio que la había mandado por mensajero, que sentía muchísimo habernos dejado de lado y que ahora más que nunca necesitaba a sus verdaderas amigas.
La velada termino entre lloros, insultos al cerdo de su ex marido y sobre todo hacia la zorra, de la cual nunca he llegado a saber su nombre y reconociendo que nos merecíamos algo así, por que nosotras habíamos hecho lo mismo en nuestra juventud, aunque con una diferencia, nosotras jamás le pedimos a ningún hombre casado que dejara a su mujer, solo nos aprovechábamos de ellos y después no queríamos ni verlos.
Así es como nuestra antigua relación se volvió a consolidar. Os preguntareis que paso con el marido de Esther, la pobre se quedo viuda dos años después de casarse, el era policía nacional, en el atraco a un banco los asaltantes se volvieron locos y salieron a la carrera disparando a todo lo que se movía incluido su marido. El pobre recibió un tiro en la cabeza y cayó muerto en el sitio, ella estuvo un tiempo muy distante, no de nosotras, sino de su propia familia. Tras estar en tratamiento sicológico y después de no sé qué experiencia que nunca nos ha querido contar, poco a poco ha vuelto a ser la de antes, divertida, alegre y muy positiva.
Pues como os contaba al principio, somos unas cuarentonas, mejor dicho unas cuarentañeras, que salimos muy a menudo y que somos felices sin necesidad de tener a ningún hombre en nuestras vidas. Por supuesto que necesitamos sexo, como todo el mundo, pero no queremos atarnos a nadie y eso si, los hombres casados ya no entran en nuestros juegos ni en nuestro pequeño círculo.
En los últimos tiempos nos ha dado por salir a andar, por supuesto juntas, siempre que podemos y Sandra ha descubierto una escuela de tenis muy económica en la que por ser un grupo de cinco personas además nos hacen un descuento del veinticinco por ciento, ya os dije que ese era el numero perfecto para todo.
El sábado estuvimos como locas en el nuevo centro comercial. Nos hacia falta de todo para hacer deporte y según somos no nos íbamos a privar de nada. Aun no habíamos ido aun a la primera clase, ya teníamos todas raqueta nueva, un bote de pelotas de tenis cada una, zapatillas para pista dura y por supuesto vestidito bien ajustado y con minifalda de tablas como las profesionales que habíamos visto en la tele.
 
Nos presentamos en la clase como media hora antes, para ver cómo era nuestro profesor.
-Carla, ¿Te has fijado en las piernas que tiene?-, me preguntaba Sandra.

-A mí me gustan sus brazos musculados-, decía Esther.
-Yo prefiero su pecho, parece durísimo y muy bien trabajado-, decía Verónica.
Paula que siempre fue la más callada dijo, -a mí me ponen mucho sus labios carnosos-.
-Xoxos, la verdad que no se demonios os pasa, no habéis visto como se le mueve el paquete debajo de esos pantaloncitos tan cortos que tiene-, las dije y empecé a reírme a carcajadas, a lo que todas me siguieron.
La clase había terminado, nos tocaba a nosotras, cuando entramos en la pista estábamos preparadas para cualquier cosa. Una a una nos fuimos presentando al macizo del monitor, el muy amable y sorprendido nos dio dos besos y siguió recogiendo el material de la clase anterior. Otro cachas de esos que quitan el sentido entro en la pista, al pasar junto a nosotras se quedo mirándonos con cara de pocos amigos, llego al lado del cachas numero uno y le dio un pequeño azote en el culo, este se dio la vuelta y le soltó un besazo tremendo en toda la boca. Nosotras nos mirábamos atónitas, terminaron de recoger juntos y se fueron de la mano a la zona de vestuarios.
Las risas empezaron muy suaves, hasta que nos mirábamos las unas a las otras y se convertían en carcajadas, no es que tengamos nada contra los homosexuales, ni mucho menos, lo que nos hacia tanta gracia era la situación en la que nos habíamos metido por ansiosas.
Las risas terminaron en cuanto ella apareció en la pista. Media una cabeza de alto más que la más alta de nosotras, usaba como cinco tallas de sujetador más que yo, que era la que más pecho tenía y por lo menos una cincuenta del pantalón de chándal hortera y cutre que llevaba. Tampoco tenemos nada contra una mujer que no se ha cuidado jamás, solo es que parecía un gigante a nuestro lado, pequeñas y menudas pijas demasiado refinadas.
-Buenas tardes, soy Irene su monitora de tenis, espero que estén preparadas para sudar esos modelitos que traen, aquí no se viene a pasar el tiempo, se viene a trabajar el cuerpo, así que ya pueden dejar las raquetas, las pelotas y empezar a dar vueltas corriendo a la pista-, Su voz era más ronca que la del monitor que había salido de la pista de la mano de un novio hacia unos segundos.
Durante la hora que dura la clase Irene nos tiene corriendo sin parar, para mí esto no es tenis, es una tortura. La última vez que corrí fue detrás de aquel desgraciado que me robo el bolso en la calle Santiago hace ya más de quince años y no fui capaz de hacerlo más de cien metros seguidos, ese día cuando pare de correr mis amigas casi tienen que llamar a una ambulancia para que me pusieran oxigeno. Está claro que el deporte nunca ha sido lo mío.
Aun así hemos vuelto dos veces a la semana, Irene ya deja que peloteemos un poco entre nosotras. Hoy ha decidido que nos va a enseñar a hacer saques por encima de la cabeza. Tras el tercer intento me dice que no tengo que darle a la bola con tanta fuerza, que lo único que tengo que hacer es darla por lo menos una vez. Esto me cabrea mucho y sin hacerla caso suelto un tremendo raquetazo, doy a la pelota que sale volando fuera del recinto, y un dolor agudo en la espalda me hace soltar la raqueta y caer al suelo muerta de dolor.
Todas incluida Irene se acercan a mi corriendo, tras mirarme y palparme la espalda, la monitora me dice que parece poca cosa, que solo tengo una pequeña contractura y que no es para tanto, pero que por hoy el entrenamiento ha terminado. Damos por terminada la clase y me acompañan todas al vestuario. Prácticamente no pego ojo en toda la noche, cuando me intento duchar antes de ir a trabajar por la mañana no soy capaz de levantar el brazo derecho. Llamo a Vero y la pido que me acerque a urgencias. Allí después de hacerme unas pruebas me descubren una rotura de fibras de casi dos centímetros, me dan la baja y me mandan quince días de reposo total con el brazo en cabestrillo.
 
Las dos semanas se me van hacer larguísimas, así que después de los primeros siete días tirada en el sofá, decido ir a un medico privado. Este me recomienda masajes suaves porque la rotura tiene que terminar de cerrarse y me recomienda un colega suyo.
Después de tres sesiones estoy peor, me duele mucho más y no soy capaz de levantar el brazo. Suena el teléfono, es Esther.
-Hola preciosa, ¿Cómo te encuentras hoy?-, me pregunta preocupada.
-Hola guapa, mal, estoy harta de estar en casa, cada día estoy peor, creo incluso que me esta afectando sicológicamente.
-¿Qué tal con el masajista?-, me dice.
-Fatal, es horrible, cuando salgo de allí me duele mas que antes y cada día que pasa estoy peor, creo que es por su culpa-, la contesto emocionándome solo de recordar el dolor del ultimo día.
-Voy a contarte algo, solo te pido que no se lo digas a nadie y que lo mantengas en secreto a no ser por un caso de emergencia como me parece a mi este-, su voz es un susurro y eso que seguimos al teléfono.
-Dime cariño, ¿Qué te pasa?-, la digo con el mismo tono de voz tan secreto.
-A mi no me ayudo en nada el sicólogo, fue otra cosa, te doy su teléfono para que le pidas cita, es un gran masajista y una persona que escucha, espero que te sirva a ti tanto como a mi-, me da el teléfono y cuelga.
Tanto misterio por un simple masajista, esta chica se ha vuelto loca. Al día siguiente aun estoy peor, no puedo ni prepararme el desayuno. Cojo el móvil y marco el número que Esther me había dado. El se llama José, su voz es suave y agradable, le cuento lo que me ha sucedido y me hace un hueco en la agenda esa misma tarde.
La consulta esta en el otro lado de la ciudad, llego de mala manera por intentar conducir en mi estado, cada vez que cambio de marcha veo las estrellas. El local es pequeño, en los bajos de un antiguo edificio y con una cristalera a través de la que no se puede ver nada. En la puerta, que esta cerrada, hay un timbre, llamo y una voz me contesta desde el interior.
-Un momento por favor estoy al teléfono-.
Después de un par de minutos la puerta se abre.
-Eres Carla imagino-, me dice indicándome que entre, detrás de mi cierra la puerta con llave.
-Si soy Carla, me manda mi amiga Esther, dice que tu me puedes ayudar-, mientras le digo esto le observo de arriba abajo.
José mide un metro ochenta aproximadamente, lleva puesto un pijama de medico completamente blanco, unos zuecos de hospital también blancos, es bastante fornido, tiene la cabeza rapada y unos ojos marrones preciosos.
-Es con Esther con quien hablaba por teléfono, ya me ha contado lo de tu lesión y los problemas que estas teniendo por ello, pasa dentro de la sala, desnúdate de cintura para arriba y túmbate en la camilla boca abajo, ahora mismo voy yo a explorarte-, le noto muy seguro de si mismo, eso me gusta.
Al entrar en la sala veo una pequeña butaca en el fondo, en las paredes laterales dos estanterías, una llena de aceites y útiles para su trabajo, en la otra toallas blancas. Me desnudo como me ha mandado y me tumbo en la camilla que hay en el centro de la habitación. Unos segundos después de hacerlo entra José, saca uno bote de cristal con algún tipo de aceite para masajes y escucho como frota sus manos con fuerza para calentarlas antes de ponerlas en contacto con mi piel.
 
Comienza a palparme la zona dolorida, enseguida da con el punto donde el otro me hacia tanto daño, esta vez es distinto, solo siento un ligero roce. En varias ocasiones al pasar sobre mi lesión me pregunta si me duele, yo le contesto negativamente con la cabeza. Voy sintiendo un calor muy agradable en la zona y poco a poco dejo de sentir cualquier atisbo de dolor.
-Ya llevamos media hora, voy a dejar por hoy la zona de la lesión, no quiero cargarla demasiado para ser el primer día-, su voz es susurrante. -Ahora te voy a dar un masaje relajante, quiero que estés tranquila y que dejes la mente en blanco-.
Me sujeta los brazos y me los coloca a los lados de mi cuerpo, bien pegados, aparta mi larga coleta del cuello y escucho como abre un grifo de agua, como se lava las manos y como coge otro aceite del la estantería.
El ambiente se llena de un olor muy dulce, comienza a acariciarme el cuello, muy suavemente; baja las manos por mi espalda, siento su calor y me estremezco, intento relajarme y dejar la mente en blanco, creo que va a ser imposible.
Tras unos minutos baja las manos a la altura de mi cintura, siento como mete la punta de los dedos por debajo del elástico de mis leggins, me mantengo en silencio aunque abro un poco los labios para poder respirar mas profundamente. Me pide que levante la pelvis, le obedezco, comienza a bajarme el pantalón ajustado junto con el minúsculo tanga que llevo puesto, dejándolo justo por debajo de mis glúteos. Me estoy poniendo nerviosa y a la vez algo excitada.
José me masajea el culo, con fuerza, apretándolo con las dos manos, haciendo círculos, abriéndomelo y pasando los dedos pulgares cada vez más cerca del ano. Mi respiración se acelera un poco, aunque yo intento que no se note.

 
De nuevo agarra los leggins y el tanga, suavemente me los quita, los calcetines los deja para el final, al sacarlos un flas pasa por mi mente, ¿Espero no tener ningún tomate en ellos?, me tiene completamente desnuda y deseando ver como utiliza el resto de su cuerpo.
El masaje continúa por las piernas, siento mi piel aceitada cada vez es más suave, yo estoy excitada, muy excitada, ya no podía reprimir los jadeos, cada vez que subía desde los tobillos hasta los glúteos, introducía las manos en mi entrepierna haciéndome caricias en los alrededores de mi sexo.
La sensación era muy agradable, hasta tal punto que yo empecé a abrir las piernas para dejarle mas espacio, solo para el masaje claro.
-Carla por favor podrías darte la vuelta- me dice susurrándome al oído, haciendo que la piel se me ponga de gallina.
Creo que de un salto en la camilla me giro, quedando boca arriba, ya estaba deseando verle hace un buen rato.
-Cierra los ojos preciosa, si me miras así no creo que pueda concentrarme en lo que tengo entre manos- sus ojos han crecido en este tiempo, son enormes, la sonrisa con la que me dice todo, hace que no pueda mas que sonreírle y obedecerle cerrando los míos.
Empieza de nuevo por mi cuello pero pasando de inmediato a mis pechos, acariciando tan delicadamente mis pezones, que siento hasta dolor de los duros que los tengo. Después me los agarra con más fuerza, y los masajea, los levanta y los junta mientras entre los dedos en forma de tijera atrapa mis pezones y los pellizca. Cada vez que lo hace un gemido sale de mi boca.
Pasa a mi abdomen, tener los ojos cerrados es una sensación extraña y muy placentera a la vez, aquí comienza a besarme, siento su lengua húmeda y cálida recorriendo mi tripa al pasar por el ombligo siento que la carne se me pone de gallina en todo el cuerpo. Intento morder la camilla de tanto placer.

 
De repente pasa a mis tobillos subiendo las manos calientes y aceitadas hacia las rodillas, siento de nuevo sus labios recorrerlas y besarlas. Cuando llega a mis muslos estoy completamente cachonda, con una ligera presión consigue que abra las piernas un poco, me siento muy mojada. Me acaricia apretando un poco desde las rodillas hasta la entrepierna.
-No pares sigue por favor-, no se si esto lo he dicho en voz alta.
-No digas nada, sigue con los ojos cerrados-, me dice en voz baja.
No se si podre aguantar, jamás nadie me había hecho sentir así. José sigue con mis muslos, ahora por la cara interna, al acercarse a mi pubis siento el roce de sus dedos. Me abre un poco las piernas y el masaje pasa a ser única y exclusivamente por los labios mayores, ya no puedo resistir más y comienzo a jadear al ritmo que sus dedos me marcan. Utiliza las dos manos y me acaricia el interior de los labios con los pulgares, creo que voy a correrme, de repente se detiene. ¡Nooooooo!
Le escucho cambiar de posición colocándose a la altura de mi cabeza, el roce de sus manos es casi imperceptible sobre mi pecho, solo noto su calor sobre los pezones, es suficiente para que vuelva a gemir. Al apoyar su cuerpo contra mi cabeza noto su erección, es grande y la tiene muy dura, como me gustaría poder verla y lamerla. Se aparta de mi otra vez colocándose a mi derecha.
Con una mano comienza a acariciarme el clítoris y como si hubiera escuchado mis pensamientos, me mete en la boca un par de dedos para que pueda lamerlos, me gusta, aunque no es lo que quisiera tener en la boca. Cuando se los dejo bien mojados los introduce en mi vagina y me mete en la boca los de la otra mano, están salados y saben a mi, creo que voy a correrme otra vez, el latido del corazón lo siento en mi sexo, la respiración se me dispara, el calor corporal que desprendo es tremendo. Justo en el momento de tener el primer orgasmo para de nuevo.
 
-¿Qué haces? Deja de hacerme sufrir-, le digo prácticamente gritando.
-Sabes que no puedes hablar, así que silencio por favor-, el tono de su voz es duro, como de reproche.
Coloca mis piernas colgando de la camilla una a cada lado, sus manos vuelven a mis muslos, aunque por poco tiempo, enseguida noto como introduce los dedos en mi, no se ni cuantos son pero tampoco me importa, es perfecto. Los hace girar en mi interior, Este tío si que sabe donde esta el punto G. Sin dejar de masturbarme y de repente siento su lengua sobre mi clítoris, haciendo círculos de izquierda a derecha y después cambiando de dirección.
 
A la vez que aumenta el ritmo de sus dedos imprime más velocidad a su boca. Un escalofrió recorre mi cuerpo justo antes de tener el mejor orgasmo de mi vida, externo e interno a la vez, estoy tan mojada que no estoy segura de que no se me allá escapado algo más con tanto placer.
 
-No he terminado, tienes que seguir con los ojos cerrados y relajarte todo lo que puedas-, me dice al oído.
Durante unos segundos no le siento en la habitación, intento dejar la mente en blanco pero no me puedo deshacer de su imagen. Me ayuda a subir las piernas de nuevo a la camilla, coloca una tolla sobre mi cabeza cubriéndola por completo y mas toallas calientes sobre el resto de mi cuerpo.
No se cuanto tiempo paso así, estoy casi segura de haberme dormido. José me destapa la cara y me pide que abra los ojos, en ese momento me da un beso en la boca, se aparta de mí y me dice.
-Ya te puedes incorporar, si quieres te ayudo-, su voz vuelve a ser como al entrar en el local.
Me agarra de las manos y me ayuda a levantar dejándome sentada en la camilla, estoy algo mareada, el sale de la habitación. Después de unos segundos comienzo a vestirme. Al salir el esta sentado en el pequeño mostrador.
-¿Qué te doy?-, le pregunto avergonzada.
-Yo cobro la voluntad, pensé que Esther te lo habría dicho, deja en ese cestillo lo que tu creas que me tienes que pagar-, dice señalando un pequeño cestillo que hay junto a la puerta.
Meto la mano en el bolso saco el monedero cien euros y los dejo donde me ha dicho.
-¿Cuándo podrías darme otra cita?-, le digo con las mejillas sonrosadas.
Saca de un cajón una agenda, la estudia detenidamente y me dice.
-El único hueco que tengo es dentro de un mes, si te parece bien-.
-Esta bien me quedo con lo que sea-, un mes entero no se si podre aguantar tanto sin sus manos.
Me coge los datos, se levanta se acerca a mi, me sujeta por la cintura y me da el mejor beso que me han dado en toda mi vida, se despide de mi y salgo aturdida del local.
En el coche de regreso a casa no dejo de pensar en el, jamás pensé tener sexo tan bueno con nadie sin penetración, ha sido increíble. Cuando llego a casa y me cambio de ropa me doy cuenta de que mi lesión ya no me duele. Abro una botella de vino, me sirvo una copa, pongo música suave y me tumbo en el sofá.
El teléfono suena, doy un salto asustada, creo que me he quedado dormida otra vez, contesto en cuanto salgo de mi estado. Es Esther solo me dice una cosa.
-Este es nuestro secreto, no quiero saber que te ha hecho ni comentarlo nunca jamás, espero que te hiciera tan feliz como lo hace conmigo todas las semanas-.
Ahora lo entiendo todo y sobre todo porque mi amiga es tan feliz desde hace unos años. 

                                                                                                          J.M. LOPEZ

14 comentarios:

  1. muy bueno,espero que cuando me de el masaje no me suceda eso mas que nada porque me lo dara una chica jajjajja

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    1. Muchísimas gracias por leerme y por tu comentario.

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  2. Cada vez me gustas más

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  3. Es la primera vez que te leo, pero no sera la ultima.

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    1. Es un placer tener lectores tan agradecidos. Espero que los demás relatos también te gusten.

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  4. Uf me ha gustado mucho!!!
    Espero sacar tiempo para ponerme al dia con tu blog, quiero leerlo todo :-))))
    un saludo

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    1. Muchas gracias, espero que los demás relatos también te gusten.
      Un saludo.

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  5. Es la primera vez que te leo....pero desde luego que no la última! gracias por regalarnos esta magnifica lectura

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    1. Gracias a ti por darme una alegría semejante.
      Besos.

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  6. ¡Bueno... Bueno... Bueno! ¡Hasta el final he aguantado como una jabata! Y yo buscando inspiración... Ahora me has dejado para no pensar.
    ¡Cómo has mejorado desde la primera vez que te leí! ¡Aprendes pronto! Me alegro mucho.
    Llamaré al masajista. De aquí a entonces ya veré qué me duele :-)
    Besos de Pecado.

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    1. Muchísimas gracias, intento seguir los consejos que me dais por aquí y por Facebook y parece que funcionan.
      Besos de pecado.

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  7. Me encanta, José! Es bueno, bueno!. Yo estoy empezando a escribir un blog pero me manejo fatal. Te agradecería mucho si puedes ayudarme para saber elaborarlo y recibir consejos como tú. Dulces besos

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    1. Muchas gracias, espero que tengas mucha suerte y que poco a poco vayas aprendiendo, a mi me falta muchísimo.
      Ya me pondré en contacto contigo y lo hablamos.
      Dulces besos.

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